instalación
160 cajas de cartón serigrafiadas
año 2009
Mercedes García Ferreyra / 2009
La pared es amplia, blanca, muda. Antes transitaron objetos diversos, montajes diversos. La pared sólo declara: esto es arte porque yo lo contengo; yo, pared de museo.
En ella se ubican ordenada y geométricamente, en filas y columnas, cajas de cartón. Cada una es indispensable para la formación, si no el orden se cae y la ausencia comienza a hacer ruido. Cada caja es imprescindible porque cada una funciona como un módulo creando la gran trama de la composición.
Las cajas estampadas forman un diseño no más importante que el de un empapelado o el de un papel de regalo. El motivo es banal, no tiene importancia y se repite por toda la pared, aburre, se puede captar en un primer vistazo, es pregnante.
Sin embargo, si le damos la oportunidad, si nos demoramos en la obra y tratamos de superar el estado de “atención en la dispersión” (Benjamin) saliendo de la anestesia, algo latente puede empezar a cobrar consistencia.
La obra es una pregunta. Una pregunta es según Deleuze una demarcación de territorio conceptual que mueve al otro de su lugar estable, que lo pone en movimiento. Invita a la reflexión y se presenta como una metáfora.
¿Por qué las cajas?
Porque las cajas contienen, y detrás de lo anecdótico está lo otro, lo que hace recordar que la comprensión no se da de un solo golpe y hay que leer entre líneas, porque todo objeto de arte contiene en sí mismo una definición de arte.
¿Por qué ese motivo pictórico?
Porque es banal y es irónico; porque molesta que sea tan decorativo, que hace que uno se pregunte por la verdadera intensión del artista. Porque no permite la dispersión en el detalle formal.
¿Por qué en toda la pared?
Porque quiere abarrotar al espectador con una imagen superficial, parodiando al mundo de la comunicación y la imagen.
¿Por qué la repetición?
Porque ya hace tiempo que el concepto de obra original caducó. Porque el hecho que alguien artista repita monótonamente su imagen hace que comience a dar igual su condición de autor.
Un monótono artilugio avanza por la pared y nos invita al silencio, no porque no se pueda decir nada, sino porque comienza la introspección de la mirada lúcida –o esa es la pretenciosa intención.

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